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El Estado de partido único superó a Japón, Alemania y Francia para convertirse en la décima economía más innovadora del mundo.

Hace una década, el Gobierno chino presentó Made in China 2025, una ambiciosa visión para transformar al país de la línea de ensamblaje del mundo en un líder global de la innovación. El plan fue recibido con considerable escepticismo, especialmente en Occidente, donde existía un sólido consenso académico según el cual el autoritarismo era fundamentalmente incompatible con la innovación. 

Además, con una infraestructura tecnológica precaria, un sistema universitario apenas competitivo y escasez de talento altamente calificado, China estaba muy por detrás de la frontera global. Salvo un cambio político drástico, concluyeron muchos observadores, China seguiría siendo una “nación imitadora”.

Ya sabemos en qué terminó esa predicción. Pero la creencia errónea de que la innovación depende de la libertad política parecía tener un sólido sustento analítico e histórico. Como observó en 1996 el fallecido politólogo Samuel Huntington, las herramientas que mantienen a los regímenes autoritarios en el poder —como la censura, la represión y la corrupción— sofocan de manera natural la innovación y el dinamismo económico. Y las condiciones que hacen posible la innovación, como una mayor movilidad humana y los flujos de información, conllevan el riesgo de empoderar fuerzas que podrían amenazar a un régimen autoritario. Mijaíl Gorbachov podría dar fe de ello. 
Pero, como muestro en el libro Autocracy 2.0, los líderes de China encontraron una manera de sortear este ‘dilema’: un modelo que denomino “autoritarismo inteligente”, en el que combinan un enfoque novedoso de control político con una apertura económica selectiva, apoyándose en las lecciones del Singapur autoritario de alta tecnología.
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China ha hecho de las exportaciones uno de sus grandes fuertes: Patrick T. Fallon / AFP Foto:PATRICK T. FALLON.
En lugar de recurrir a una represión de fuerza bruta, el Partido Comunista de China (PCCh) fue pionero en técnicas diversas y sutiles de control de la información que —según sostiene el académico Tony Zirui Yang— han “normalizado” la censura y “desensibilizado” a la población china frente a ella.
En lugar de garrotes y armas, los líderes chinos emplean herramientas digitales como la inteligencia artificial, el reconocimiento facial y otros mecanismos de recolección de datos biométricos para detectar, vigilar y anticipar la disidencia. Aunque la coerción violenta aún ocurre, explica la académica Lynette Ong, el PCCh mantiene una negación plausible al subcontratarla a “matones a sueldo”: que intimidan, disuelven protestas y llevan a cabo desalojos forzosos.
Mientras tanto, el Gobierno chino ha impulsado una apertura selectiva de ciertos ámbitos de la economía, entre ellos las universidades y el sector privado, y ha invertido de manera intensiva en la ampliación de la capacidad innovadora del país, por ejemplo, mediante el financiamiento de la investigación y el desarrollo y la promoción de la formación de capital humano.
En la última década, China ha mejorado de forma drástica la calidad de su educación superior y ha construido una enorme fuerza laboral de alta tecnología.
China se asemeja a otras economías emergentes en ascenso, incluido Estados Unidos en el siglo XIX. Los jóvenes talentosos del país solían estudiar en el extranjero, pero cada vez más pueden quedarse para recibir una educación excelente. China es el país que más doctores en ciencias e ingeniería gradúa en el mundo, y la mayoría de los ingenieros de DeepSeek —que sorprendió al mundo en 2023 con su modelo de inteligencia artificial de código abierto— se formaron allí.
Las empresas chinas hoy lideran –e incluso dominan– varios sectores de alta tecnología. El país concentra más del 80 % de la capacidad mundial de fabricación de paneles solares. Además, las compañías nacionales encabezan las industrias de vehículos eléctricos y baterías para estos, y en 2023 el país superó a Japón para convertirse en el mayor exportador de automóviles del mundo. Además, una sola empresa, DJI, es la líder indiscutible del sector de drones comerciales, con más del 70 % del mercado global.
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