Cuando los cambios disruptivos modifican súbitamente el panorama social y económico, familiarizar a los alumnos con la innovación constituye un modo de entrenarles para un futuro incierto.
Hace unas semanas tuve la ocasión de participar, invitado por la Real Academia de Ingeniería, en la presentación de un libro cuyo sugerente título, Cómo fomentar la innovación en el aula, abre un nuevo enfoque para un viejo concepto de uso habitual, aunque no siempre efectivo, en el ámbito escolar. Sus autores, José María Cavero Clerencia y Diego Ruiz Quejido, son dos doctores ingenieros de telecomunicación con una dilatada experiencia en entornos de innovación empresarial de primer nivel, que han entendido el importante papel de la educación a la hora de desarrollar en los escolares, competencias de innovación que les sean de utilidad para ellos y para la sociedad española en su conjunto.
En un mundo complejo en el que tanto los problemas como las oportunidades aparecen a borbotones; cuando los cambios disruptivos modifican de un modo súbito –en una escala histórica del tiempo– el panorama social y económico, familiarizar a los alumnos con las habilidades para la innovación constituye un modo de entrenarles, en el terreno práctico, para un futuro incierto cuya única certeza probablemente estribe en la rapidez con la que se producen los cambios de ese contexto socioeconómico.
Aun cuando en ocasiones se olvide, o se ignore deliberadamente, es bastante evidente que, junto al desarrollo en los estudiantes de una actitud innovadora, la preservación en las nuevas generaciones de las referencias a su herencia cultural les aporta una estabilidad personal que les sirve de asidero en las tormentas, les otorga seguridad en la incertidumbre y les permite conciliar exitosamente mutación y conservación. Lejos de ser antitéticos, estos dos conceptos, junto con sus respectivas dimensiones prácticas, resultan complementarios.
El libro que aquí comentamos tiene la virtud de conciliar una descripción, asequible para los escolares y sus profesores, de las ideas clave de la innovación inspiradas en la ingeniería de procesos, con un esfuerzo sistemático, de carácter pedagógico, que se traduce en una destacable claridad expositiva, con multitud de ejemplos y de casos próximos a lo cotidiano, así como en la elaboración de guías didácticas y de formularios para su uso en el aula.
Además de este valioso ejercicio de transferencia social –que revela un compromiso ético de los autores y pone a disposición del futuro lo mejor de ellos mismos y de lo que han aprendido en su exitosa carrera profesional– hay en este esfuerzo un trasfondo epistemológico que le otorga validez intelectual y que merece la pena explicitar. Y es que, de un modo tácito, late en la obra la adhesión a la idea de trasponibilidad de marcos conceptuales de una disciplina a otra, de un ámbito a otro. En la historia de la ciencia esa idea se apoya en el principio de «unidad del conocimiento». Dicho principio postula en esencia que, si se eleva suficientemente el plano de análisis, es posible transferir esquemas o significados entre territorios semánticos diferentes. En este caso concreto, de la ingeniería de procesos al ámbito escolar.
Ludwig von Bertalanffy, padre de la Teoría General de Sistemas, en sus escritos póstumos hacía las siguientes consideraciones en relación con la unidad del conocimiento que, por su rigor y claridad, merece la pena traer a colación: «Cabría […] imaginar un mundo al que fuese del todo punto imposible aplicar modelos conceptuales, un mundo caótico sin regularidades ni recurrencias. O bien un mundo al que sólo fuesen aplicables los modelos conceptuales en ciertos campos específicos y limitados. No obstante, la experiencia nos enseña que no vivimos en tales mundos, que hay isomorfismos o uniformidades de alto nivel de abstracción. De singular importancia son aquéllos que conciernen a ‘sistemas’ en general, al margen de su naturaleza y componentes; tales isomorfismos señalan la posible unidad del universo observado y, en consecuencia, del conocimiento científico”.
Otros científicos de primer nivel –entre ellos Niels Bohr, Premio Nobel de Física y uno de los iniciadores en el pasado siglo del exitoso camino emprendido por la física cuántica– apostaron, antes y después de von Bertalanffy, por la unidad del conocimiento. Esa misma noción tiene, asimismo, un valor indudable en el ámbito de la educación (Más allá de las partículas y de las ondas. Publicaciones-Ministerio de Educación y Formación Profesional).
La apuesta por la unidad del conocimiento, y por la racionalidad subyacente, contrasta con la idea de «pluralismo científico» que se ha deslizado en los proyectos de normas reguladoras del acceso a los cuerpos docentes universitarios, elaborados por el actual gobierno ahora en funciones; concepto que se aproxima a ese anarquismo epistemológico de «la ciencia como uno quiera». En este punto, holgaría reivindicar la importancia de la validez de los instrumentos con los que accedemos a un conocimiento científico riguroso y organizado, si no estuviera aquélla amenazada por las tesis postmodernistas que, de la mano de la acción política, han pugnado por instalarse entre nosotros a lo largo del último quinquenio.
Sin embargo, el libro que hoy comentamos procede en un sentido inverso: ignora ese «pluralismo científico» y apuesta por una unidad epistemológica de fondo. Ello nos permitirá avanzar más seguros hacia el futuro y establecer puentes más sólidos, en este caso, entre el mundo efectivo de las organizaciones, el mundo de la práctica docente y el mundo de las políticas educativas.
Publicado originalmente por: https://www.eldebate.com/educacion/20230807/fomentar-innovacion-aula_132675.html
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