La pandemia, las tensiones geopolíticas y la electrificación acelerada de la economía demostraron que depender de cadenas largas y concentradas en Asia puede convertirse en un riesgo estratégico.
Hablar de semiconductores se ha vuelto casi obligatorio en cualquier conversación seria sobre competitividad industrial, innovación y seguridad económica. Sin embargo, en México el debate suele partir de una pregunta incompleta: ¿cuándo tendremos una gran fábrica de chips?
La pregunta es válida, pero no necesariamente es la más estratégica. En la industria de semiconductores, fabricar obleas —lo que se conoce como front-end— es solo una parte de una cadena mucho más amplia. Después de que un chip es diseñado y fabricado, debe ser cortado, ensamblado, encapsulado, inspeccionado, probado, clasificado y empacado antes de llegar a una línea automotriz, un centro de datos, una planta industrial, un dispositivo médico o un sistema aeroespacial. A esa etapa se le conoce como back-end semiconductor. Ahí México tiene una oportunidad realista para ganar.
El punto de entrada perfecto
Durante años, el país ha construido una base manufacturera robusta. México no parte de cero: tiene experiencia en electrónica, automotriz, aeroespacial, dispositivos médicos, telecomunicaciones, manufactura avanzada, exportación y cumplimiento de estándares internacionales. También cuenta con una ventaja geográfica que hoy vale más que nunca: estar junto al mercado más grande del mundo y formar parte del T-MEC.
El nearshoring no debe entenderse solamente como mover producción de Asia a México para ahorrar costos. Esa fue la conversación inicial. La conversación más importante es otra: cómo construir cadenas de suministro regionales más resilientes, rápidas y confiables. En semiconductores, esa necesidad es crítica. La pandemia, las tensiones geopolíticas y la electrificación acelerada de la economía demostraron que depender de cadenas largas y concentradas en Asia puede convertirse en un riesgo estratégico.
México puede posicionarse como respuesta a ese riesgo, pero debe escoger bien su punto de entrada. Competir de inmediato en fabricación avanzada de obleas requeriría inversiones de miles de millones de dólares, disponibilidad intensiva de agua y energía, talento altamente especializado, ecosistemas de proveedores muy maduros y muchos años de ejecución. No es imposible, pero sí es una ruta larga, costosa y de alto riesgo.
El back-end, en cambio ofrece una vía más cercana a las capacidades actuales del país. Ensamble, prueba, encapsulado, inspección, análisis de falla, confiabilidad, tape and reel, logística técnica y servicios de transferencia de producto son actividades complejas, pero más alcanzables que una fab de última generación. Además, están directamente conectadas con industrias donde México ya tiene presencia relevante.
La industria automotriz es un ejemplo claro. Cada vehículo contiene cada vez más semiconductores: sensores, microcontroladores, dispositivos de potencia, componentes para electrificación, sistemas de seguridad, infoentretenimiento y gestión de energía. Si Norteamérica quiere una cadena automotriz más regional, también necesita una cadena de semiconductores más regional. No basta con ensamblar autos en México si los componentes críticos siguen dependiendo de rutas logísticas largas y vulnerables.
Lo mismo ocurre con aeroespacial, equipos médicos, manufactura industrial, energía, centros de datos y electrónica de consumo. Todos estos sectores requieren semiconductores confiables, disponibles y trazables. El back-end puede convertirse en el puente entre la demanda industrial de Norteamérica y una nueva capacidad tecnológica mexicana.
Publicado originalmente por: https://expansion.mx/opinion/2026/07/03/back-end-semiconductor-el-eslabon-donde-mexico-puede-ganar
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