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México atraviesa una de las transformaciones laborales más profundas de su historia contemporánea. El fenómeno de la relocalización de cadenas de suministro, conocido como nearshoring, no solo mueve capitales; reconfigura la jerarquía del saber.

En este escenario, la educación superior se enfrenta a una disyuntiva existencial: ¿debe subordinarse a la eficiencia operativa del mercado o mantenerse como el bastión de la integridad social?

Para diseccionar esta tensión dialéctica, contrastamos las visiones de dos referentes académicos de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA), cuyas posturas encapsulan el dilema nacional: la economista  Diana Marisol Martínez Pontón, representante de la Comisión Académica del Colegio de Economistas, y la maestra Ana María Navarro Casillas, académica del Centro de Ciencias Sociales y Humanidades.

¿Aritmética del mercado o prestigio simbólico?: El retorno de la habilidad práctica

En el México actual, la titulación universitaria ya no opera como un escudo automático contra la precariedad. Para Diana, también catedrática del Tecnológico de Monterrey, la realidad laboral es una respuesta pragmática a la escasez de oferta técnica especializada.

«Hoy vemos oficios técnicos con ingresos promedio que superan a varias licenciaturas, especialmente cuando el oficio está vinculado a cadenas industriales como mantenimiento, energía o automatización», explica.

Esta tendencia está respaldada por cifras globales: según el reporte de ResearchAndMarkets y Business Wire, el mercado global de formación profesional estratégica se valoró en 388.1 mil millones de dólares en 2024, con una proyección de 648.9 mil millones para 2030. Este crecimiento del 8.9% anual responde a la necesidad urgente de cerrar la brecha de habilidades.

Desde esta perspectiva, el Retorno de Inversión (ROI) es la métrica reina. Pontón señala que el «costo de oportunidad» (el tiempo y dinero que se deja de percibir por estudiar una carrera larga) favorece a los oficios técnicos.

Mientras que licenciaturas de baja remuneración pueden tardar décadas en amortizarse, el punto de equilibrio financiero para un técnico especializado llega de manera mucho más agresiva.

Sin embargo, Pontón advierte que no se trata de una «guerra de sueldos», sino de una necesidad de supervivencia corporativa. La economista enfatiza que para optimizar su actividad, los perfiles técnicos deben dar el salto hacia la digitalización y la educación financiera:

 «El uso de plataformas y herramientas de gestión ha facilitado la transición hacia esquemas cercanos a microempresas… pero el reto es incentivar la formalización sin castigar su rentabilidad».

Para ella, México debe transitar urgentemente de la manufactura a la «mente-factura», advirtiendo que la sobreespecialización técnica sin capacidad de decisión nos hace vulnerables.

La resistencia humanista: El costo invisible de la productividad en México

Frente a la lógica del ROI, la maestra Ana María Navarro propone un análisis de las fracturas sociales que el modelo deja a su paso. Para ella, reducir el valor del conocimiento a su capacidad de generar recursos es una «comparación vacía».

«Una sociedad entendida solo en términos de valor económico es apenas una fracción muy pequeñita de lo que somos… nos lleva a olvidar que para la humanidad lo más importante somos los humanos», sentencia.

Navarro argumenta que el enfoque exclusivo en lo técnico responde a intereses de inversión que a menudo ignoran el bienestar del individuo.

Las cifras de salud pública parecen dar sustento a su reflexión: el incremento en casos de ansiedad social y enfermedades derivadas del estrés laboral reflejan, en su visión, el costo de una «carrera tecnológica frenética».

No es una percepción aislada; según la Organización Mundial de la Salud (OMS), México ocupa el primer lugar a nivel mundial en estrés laboral, con un 75% de su fuerza trabajadora afectada, una estadística que supera incluso a potencias industriales como China o Estados Unidos. Esto pone en entredicho si la alta productividad técnica está siendo subsidiada por la salud mental del capital humano.

«Los costos de este modelo los estamos pagando muy caros, no solo con problemas de salud, sino con una devastación ecológica grave y estructuras desiguales», afirma.

Para la académica, la precarización del humanista no es una falla de origen, sino una consecuencia de la lógica capitalista globalizante que ve en la formación técnica solo una «mano de obra asegurada» para los intereses de los inversionistas.

El choque de realidades: cifras y estigmas

Resulta paradójico que, pese a la narrativa de rentabilidad técnica, México siga apostando masivamente por las carreras tradicionales. Según el Observatorio Laboral de la Secretaría del Trabajo, el Derecho es la carrera con mayor población ocupada en el país con 1 millón 363 mil 896 profesionistas, seguida de la Administración.

Navarro atribuye esto a un «prestigio simbólico» persistente y a la aspiración de generar un impacto positivo. Pontón, por su parte, observa que el mercado de servicios en ciencias sociales no es menor —valuado en 70.38 mil millones de dólares en 2025—, pero exige una evolución:

 «Debemos construir trayectorias laborales que no sean solo funcionales al mercado, sino que garanticen movilidad social. Necesitamos que el profesionista pase de ser un proveedor de mano de obra a convertirse en un actor con capacidad de decisión dentro de la cadena de valor».

El informe Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial ofrece un punto de tregua: estima que el 40% de las habilidades básicas de los trabajadores deberán actualizarse para 2030.

Lo relevante es que, junto con la destreza tecnológica, las habilidades de «ética de la IA» y «gestión del talento» están emergiendo como los nuevos pilares, revalorizando el pensamiento crítico propio de las humanidades.

Hacia una síntesis necesaria: El valor de la formalización humana en México

Existe un punto de convergencia crucial: la formalidad como eje de dignidad.

Mientras Pontón insiste en que el camino para el técnico es la formalización financiera para dejar de ser solo un «engranaje», Navarro coincide en que la desvalorización de las disciplinas —ya sea humanística, biológica o técnica— se combate centrando la atención en la persona y sus derechos fundamentales.

La informalidad laboral en América Latina persiste en niveles del 54% al 55%, según la OIT y J.P. Morgan, afectando por igual a técnicos y licenciados.

En este panorama, la coincidencia entre ambas visiones surge en la necesidad de una «humanidad certificada». Pontón aboga por una «priorización de la habilidad práctica certificada» que permita al trabajador competir a nivel corporativo, mientras Navarro defiende que esa red técnica es precisamente lo que sostiene la estructura donde los humanos convivimos.

La conclusión de este análisis sugiere que la rentabilidad técnica es el motor que permite a México competir en el presente, pero la sostenibilidad social es la única red que garantiza un futuro viable.

Como concluye la maestra Navarro: «Así como es fundamental adquirir alimento, es fundamental cada parte de la red que nos hace sociedad. Sin humanos no hay humanidad».

El reto para el Estado y la empresa privada es integrar la eficiencia con el propósito, evitando que México se convierta en una fábrica global desprovista de sentido social.

Publicado originalmente por: https://www.liderempresarial.com/talento-en-mexico-entre-la-urgencia-tecnica-y-la-trascendencia-social/

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